martes, 12 de febrero de 2013

Revelación. Los Cátaros. ¿Quienes eran los Cátaros? La verdad de los Cátaros. Gnosis

La corriente Gnóstica toma gran auge en estos días por la revelación de los Evangelios de Tomas, manuscritos gnósticos descubiertos hace 47 anos en Nag Hammandi  en Egigto. Sobre el Gnosticismo podemos decir que se trata de una doctrina, según la cual los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo, se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. Se trata de buscar  la parte divina humana en el interior. Mediente meditación y abriendo las puertas hacía lo espiritual. Los Gnosticos enseñan a buscar a dios en cada uno. Esto al cristianismo no le interesaba obviamente y fueron perseguidos.
La sola fe no basta y la muerte de Cristo tampoco. La gran diferencia es que el ser humano es autónomo para salvarse a sí mismo. El gnosticismo es una mística secreta de la salvación. Se mezclan sincréticamente creencias orientalistas e ideas de la filosofía griega, principalmente platónica. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al Demiurgo, el alma frente al cuerpo. En 1945 fue descubierta una biblioteca de manuscritos gnósticos en Nag Hammadi (Egipto), que ha permitido un conocimiento mejor de sus doctrinas, anteriormente sólo conocidas a través de citas, refutaciones, apologías y heresiologías realizadas por Padres de la Iglesia. El documental es una critica a la Iglesia fundamentalista creada desde que Constantino en su lecho de muerte asume el Catolicismo.
Los Cátaros y el catarismo fue una rama sino de las más importantes de la gnosis.


¿Quiénes eran los cátaros? 

Los defensores de la doctrina según la cual una cadena de iniciados 
habría transmitido el conocimiento secreto desde la Antigüedad hasta el día de 
hoy, ven al fenómeno cátaro de diferente manera que los historiadores más o 
menos ortodoxos. Estos últimos sostienen que el catarismo es un movimiento 
social de masas homologable a otras herejías que proliferaron en Europa 
Occidental entre los siglos XI y XIII. Tal efervescencia herética sería consecuencia de los propios males de la Iglesia, así como de la crisis de crecimiento de la sociedad medieval. Pero existe otra corriente de opinión. Ésta sostiene que el fenómeno cátaro es algo distinto a un simple movimiento de renovación espiritual. El catarismo sería, ni más ni menos, una doctrina inspirada por un conocimiento de orden superior. Los mártires cátaros fueron torturados y quemados vivos, no por herejes, sino por iniciados. Y ello no obstante, los supervivientes lograron conservar la semilla del conocimiento secreto, y difundirla a 
generaciones posteriores, a través de diferentes colectivos sociales y 
sociedades secretas (o discretas) que iremos desgranando a lo largo de este artículo.  


Los más (especialmente los especialistas ortodoxos) se inclinan por la 
teoría según la cual “cátaro” deriva del griego καθαροσ (puro), que está en la 
base del término “catarsis” (purificación), y del alemán ketzer (hereje). Pero 
existe otra posibilidad: la Iglesia oficial consideraba, como es bien sabido, a 
esta herejía como una expresión de satanismo o de culto al diablo; por ello la 
propaganda del catolicismo romano hacía remontar el término del latín cattus, 
el gato negro asimilado al Príncipe de las Tinieblas. Desde mi punto de vista, 
esta segunda interpretación –aunque vilipendiosa- se acercaría más a la 
verdad, por unas razones que explicaré más adelante. Pero continuemos con 
nuestro relato acerca de los misteriosos –y atribulados- cátaros. 
En resumidas cuentas, los «puros» (es decir, los que han recibido el 
bautizo, o consolamentum) se llamaban entre sí Juan o Juana; su Iglesia era 
denominada Iglesia del Amor (o cristianos de San Juan, o Iglesia de María); 
rechazaban el Antiguo Testamento (y buena parte del Nuevo); su doctrina era 
dualista (creían en la existencia de dos principios fundamentales: el bien y el 
mal); y su distintivo fundamental era la pata de oca, o bien la cresta del gallo, el 
«ave que anuncia el Sol» (de ahí su denominación como patarines, y también 
como chrestiàa, que como es natural no deriva del Cristo ortodoxo que todos 
conocemos) 
Si en algo se ponen de acuerdo los estudiosos de las cosas antiguas, es 
en el origen oriental de sus creencias. El catarismo tiene claras resonancias 
gnósticas y maniqueas. En definitiva, los “perfectos” pensaban que en este 
valle de lágrimas, llamado “mundo de los sentidos”, se desarrolla una pugna 
continua entre dos principios irreconciliables: el Bien y el Mal; o dicho con otras 
palabras, la Luz y las Tinieblas. El primero define el elemento constituyente del 
alma, encerrada en un forro de materia (nuestro cuerpo); el segundo es todo 
aquello que se puede ver, oler y tocar, es decir, la realidad tangible. El Dios del 
espíritu se enfrenta al Dios de la materia (Satán, nuestro Yahvé) por adquirir la 
primacía en la continua batalla entre el Bien y el Mal. 
Se dice que el catarismo occitano, lombardo o alemán tenía fuerte 
influencia bogomila (una secta búlgara de obediencia maniquea). Lo cierto es 
que tanto los bogomilos búlgaros como los mismos cátaros occidentales tienen 
un precursor común: Prisciliano, heresiarca hispano de rica alcurnia, que 
ostentó el cargo de obispo durante el siglo IV, en tiempos del emperador 
Máximo. Su rigorismo y su doctrina gnóstica y maniquea fueron empleados por 
los novacianos para diferenciarse del catolicismo ortodoxo. Éstos se llamaban 
a sí mismos “puros”, término que posteriormente sería recuperado por los 
cátaros

 La gnosis es conocimiento, pero también doctrina de salvación. Para los 
gnósticos, especialmente los maniqueos y los cátaros, el mundo material es 
esencialmente malo. El Demiurgo (Sumo Hacedor) del mundo tangible es un 
dios del mal, y sería equiparable al Satán de los cristianos (el Príncipe de las 
Tinieblas). Es decir, el Yahvé todopoderoso que nos hizo a su imagen y 
semejanza sería en realidad, para los gnósticos (y cátaros), el responsable de 
todo lo que de malo, corrupto y perecedero existe en este valle de lágrimas. 
 El dios auténtico, el Príncipe de la Luz (el Lucifer celestial) habría dejado 
su destello, su huella, sólo en nuestro espíritu, en lo más profundo de nuestros 
corazones. Para los cátaros, y para los gnósticos en general, la única manera 
de eliminar el mal, para recuperar lo poco que de puro y numinoso retiene el 
ser humano, consiste en procurar la extinción de la propia vida, ya sea a través 
del suicidio, del sacrificio, del martirio, o bien de la negación de la procreación. 
 El gnóstico se reconoce como un extraño en el mundo, y siente nostalgia por la grandeza excelsa del Bien Supremo, especie de nirvana espiritual alcanzable sólo por medio del aniquilamiento, de la autonegación como entidad material. Como veremos en su momento, los cátaros, descendientes directos de los maniqueos en el Occidente europeo, eran 
tachados de ultrapuritanos, de negacionistas de la vida. Así, entre los ojos del 
pueblo humilde eran vistos como maestros de virtud, continencia y sabiduría 
(por eso eran llamados “perfectos”, o “puros”).  

Paises Cátaros
 El gnosticismo, en definitiva, es tanto un metalenguaje, una forma 
críptica de conocimiento, que trata de transcribir de forma simbólica una serie 
de ideas complejas, como un “camino de salvación”, que sitúa al adepto en 
relación al espíritu (emanación de Dios, el Lucifer celestial) y al mundo (su 
corporeidad material, maculada por el mal y el pecado). El tratado hermético 
titulado La Llave asegura: “La perversión del alma es la ignorancia; porque el 
alma, cuando no conoce nada de los seres ni de su naturaleza, ni tampoco del 
Bien, ciega total, sufre el combate que contra ella levantan las pasiones del

cuerpo, y desgraciada, ignorándose a sí misma, sirve de esclava a cosas que 
le son ajenas y corruptas, y carga el cuerpo como un pesado fardo”. Desde 
este punto de vista, la ignorancia hace a los hombres esclavos del mundo y 
sus pasiones; la gnosis (el conocimiento) los libera. Sea cual sea el origen de los cátaros, éstos se distinguían de los cristianos ortodoxos por su rechazo a buena parte del Antiguo Testamento de los Sacramentos (que sustituyen por otros ritos más cercanos a su 
doctrina), de ciertos símbolos cristianos y, especialmente, de algunas 
costumbres populares que ellos consideraban bárbaras o pecaminosas. 
Como los templarios, sentían predilección por el Evangelio de San Juan; 
el más filosófico de los cuatro reconocidos por la Iglesia. 

Como muy bien  expresa Otto Rahn, en su Cruzada contra el Grial: “Resulta más que 
sorprendente que esta doctrina (es) a la vez la más tolerante y la más 
intolerante entre las cristianas”. Jesús Mestre, en su obra Los Cátaros, resume 
en pocas palabras lo esencial de su fe: “El pecado es la sujeción al mundo, su 
piedra angular”. La mitología cátara establece que el pecado original no es un 
pecado de orgullo, sino carnal: la unión sexual de Adán y Eva, del hombre y la 
mujer. Porque para los “Perfectos” no existe pecado venial: todos los pecados 
son mortales. Y lo son porque la cópula y el goce carnal suponen para el 
individuo la sujeción al mundo.  Es forzoso insistir en un detalle capital: Jehová, para los cátaros, es el Maligno, el Príncipe de las Tinieblas. La causa de todo mal está en la esfera de 
lo material, que es obra de Satanás, puesto que el Dios de la Luz no puede 
haber creado este mundo imperfecto. Los perfectos llamaban al Demiurgo, por 
otro nombre Satanás, el Gran Arrogante. El verdadero creyente, el Puro, debía 
consagrarse al Dios de la Luz (o del Espíritu) renunciando al cuerpo y al placer. 
Los cátaros, como los gnósticos, se llamaban a sí mismos “hijos de la Luz”. 

Los cátaros sostenían que nada humano —carnal y material— puede 
ser puro o bueno; y por ello no aceptaban que el Hijo de Dios fuera un hombre 
como los demás. Finalmente solucionaron esta antinomia estableciendo que 
Jesús sería un Ángel a quien Dios ordenó salvar al mundo a través de sus 
enseñanzas. Era el Salvador, el Enviado. Negaban su sacrificio en la Cruz y, 
por supuesto, el valor simbólico de esta última (así como la Eucaristía, o la 
transustanciación del cuerpo de Cristo en la hostia sagrada). María sería la 
Sofía (la Sabiduría). Para los gnósticos, ella era el Espíritu Santo-Mujer, «la 
que engendra sin cónyuge», el Paráclito (el Consolador de los Fieles), la 
mediadora entre Dios y el Mundo. 

 Los heresiólogos, inquisidores y jueces del brazo secular reprochaban a 
los cátaros su carácter ultrapuritano, por demandar un nivel de sacrificio que 
estaba al alcance de muy pocos. Recordemos que los cátaros exaltaban la la 
continencia sexual y la abstinencia hasta el punto de rechazar el matrimonio 
nuclear, condenar la carne y abominar los alimentos grasos. De ello da fe la 
ceremonia del consolamentum, por la cual el neófito se convertía en Perfecto

ras romper el vínculo de matrimonio con su cónyuge. El compromiso solemne 
del nuevo hermano reza así: 
 “Prometo consagrarme a Dios y a su Evangelio, no mentir jamás, no 
jurar jamás, no tener contacto con mujer alguna, no matar ningún animal, no 
comer carne y alimentarme sólo de frutos. Prometo además no viajar, ni vivir ni 
comer sin uno de mis hermanos y, caso de caer en manos de nuestros 
enemigos o ser separado de mi hermano, abstenerme durante tres días de 
todo alimento. Prometo asimismo no traicionar jamás mi fe, sea cual fuere la 
muerte que me espere”. 

 Terminada la ceremonia, el neófito se retiraba a la soledad, para ayunar 
durante cuarenta días a régimen de pan y agua. A esta mortificación se le 
llama endura. Sólo entonces era considerado Perfecto. Todos los demás, los 
que comulgaban o simpatizaban con sus ideas, pero no se veían capaces de 
vivir tal existencia de sacrificio y rigor, eran llamados adeptos (con minúscula). 
Únicamente los Perfectos, si mantenían su promesa y ejercitaban una vida 
recta, tenían asegurada la Salvación. Los adeptos, ligados aún a la carne y a la 
materia, debían transmigrar a otro cuerpo para, a través de varias 
purificaciones, poder ascender a la calidad de Perfectos.  
De este modo, se establecía una diferenciación de facto entre el núcleo 
duro de iniciados y los meros adeptos, que prefigura la estructura dual (y 
gradualista) de las sociedades secretas y discretas que se sucedieron con 
posterioridad: desde los templarios hasta la moderna Masonería.  
 Una de las mayores paradojas del catarismo consiste en su 
permisividad hacia los adeptos por lo que se refiere a la moral sexual. En 
pocas palabras, si alguien no podía rechazar el placer, era preferible la unión 
libre (la promiscuidad o la relajación sexual) al vínculo matrimonial. Como 
asegura Jean Pierre Leduc en Los Cátaros: “Paradójicamente, su desprecio de 
la carne les conducía a alentar la libertad sexual, predicando al mismo tiempo 
la contracepción”. 
 Además, siendo los cátaros enemigos de la materia, empleaban las 
fuentes y las cuevas, tan asociadas a antiguos cultos paganos, como espacios 
sagrados donde celebraban sus ceremonias. Por ejemplo, Ramon Roger, el 
joven Trencavel, fue recibido como “creyente” en la espulga (cueva fortificada) 
de Ornolac. 

 En definitiva, el catarismo es una doctrina compleja y contradictoria, lo 
que hace más inverosímil que tantos miles de Perfectos y Adeptos prefirieran 
aceptar con serenidad de ánimo el martirio, antes de abjurar de sus creencias. 
¿Por qué? ¿Tal vez porque se creían custodios de un Secreto por el que valía 
la pena morir? ¿Y en tal caso, en qué consistía? 
 Otto Rahn, estudioso del fenómeno cátaro, y uno de los cachorros de 
Himmler, lo tenía muy claro. Los cátaros eran los custodios del Grial, y la 
Cruzada contra los cátaros fue en realidad una cruzada contra el Grial. El 
mismo Heinrich Himmler se sentía heredero de la doctrina cátara, confesando 
al padre Ripoll de Montserrat, con ocasión de su visita al monasterio el día 23 
de Octubre de 1940: “En Montserrat se propugnó la herejía albigense, con la 
que nosotros (los nacionalsocialistas) tenemos tantos puntos de contacto

Según la tradición, los cátaros guardaban el Grial en la fortaleza de Montségur, y el 14 de Marzo de 1244 sucedió algo extraordinario que impulsó a algunos soldados a convertirse, y a aceptar la muerte con alegría. Baigent, Leigh y Lincoln explican este extraño suceso en su magna obra El enigma sagrado: “Fuera lo que fuese dicha festividad, está claro que causó cierta impresión en los mercenarios contratados, algunos de los cuales, desafiando 
una muerte inevitable, se convirtieron al credo cátaro” 

 En palabras de Otto Rahn, un pastor de ovejas del país le contó la 
siguiente historia: “Cuando aún estaban en pie los muros de Montségur, los 
cátaros, los puros, custodiaban dentro de ellos el Santo Grial. Montségur 
estaba en peligro; los ejércitos de Lucifer se hallaban ante sus murallas. 
Querían hacerse con el Grial para insertarlo de nuevo en la diadema de su 
príncipe…” 
 Pero los Puros tuvieron tiempo de resguardar el precioso objeto. La 
noche de la caída de Montségur cuatro cátaros descendieron mediante 
cuerdas desde la cima de la montaña hasta el fondo de la garganta de Lasset 
para entregar el tesoro de los herejes a sus legítimos poseedores. El Grial fue 
ocultado en una de las grutas del Sabarthez, y con el tiempo fue a parar a un 
refugio seguro, donde –según se dice- aún permanece a día de hoy. 
 Pero aquí no acaba la historia. Los templarios, hermanos de credo de 
los cátaros, hicieron todo lo posible para ayudar a los Perfectos. Les 
permitieron escapar hacia otras tierras menos hostiles, como el Reino de 
Aragón y el Norte de Italia, donde vivieron –aparentemente- en paz y 
tranquilidad hasta la muerte del último cátaro oficial: Bélibaste, quemado en la 
hoguera en 1321. En ese momento pasaron a la clandestinidad, pero no 
dejaron de existir en absoluto, como apunta Juan García Atienza en su Guía 
de la España Griálica:  
 “De ser, como lo fue en sus inicios, un poderoso y sin duda atractivo 
movimiento religioso erigido como alternativa al poder y la sumisión exigida por 
la Iglesia de Roma, el catarismo pasó a ser, a fuerza de persecuciones y 
matanzas, una forma de conciencia solapada que emergía en la vida social y 
cultural de las comarcas pirenaicas como el recuerdo de algo que no por 
imposible era menos añorado. Hoy mismo –es un secreto a voces- el 
catarismo existe, siquiera en su vertiente visceral más pura. Sigue habiendo 
perfectos, aunque esos perfectos lo sean por libre y sin obediencias estrictas a 
textos que, en su mayor parte, fueron destruidos; sigue habiendo gentes que 
recuerdan que sus antepasados fueron convertidos en cenizas en las piras de 
Béziers, de Montaillou o del Camp dels Cremats de Montségur. Y hasta 
quedan quienes tampoco han olvidado que, hace ya muchas generaciones, los 
suyos tuvieron que atravesar la barrera de los Pirineos y refugiarse en Aragón, 
en Cataluña o en el Maestrazgo valenciano, y hasta en Mallorca, para salvar la 
vida ante la constante amenaza de una denuncia que podía terminar en los calabozos que les reservaban a los herejes contumaces los padres predicadores que monopolizaban la represión en las tierras de Occitania” . 

La doctrina oficial establece que el catarismo catalán es heredero de la 
Iglesia hermana de Occitania. Hasta cierto punto ello es así: la población 
catalana se dobló en pocos años tras la huida masiva de los cátaros del 
Languedoc. En palabras de Anna M. Adroer y de Pere Català, «el foco (cátaro) 
de Tolosa de Languedoc irradió por la península Ibérica, extendiéndose por 
Cataluña, Aragón, Navarra y León»; y añado yo: coincidiendo con las áreas 
de mayor población cagot (véase más abajo). Los cátaros del norte aportaron a 
estas regiones buena parte de las técnicas de la industria lanera que harían 
prosperar sus ciudades. En esta operación masiva de «huida hacia el sur» no 
estaban solos: los templarios, haciendo valer su papel de «servidores del 
peregrino», hicieron todo lo que estaba en su mano para ayudarles: dándoles 
refugio en sus encomiendas, u ofreciéndoles apoyo logístico en el trayecto 
desde el castillo de Montségur hasta Berga, por el sendero llamado 
comúnmente Camí dels Bons Homes.  
Y digo que «hasta cierto punto el catarismo catalán es heredero de la 
Iglesia albigense» porque la herejía pirenaica y catalana tiene raíces propias, 
como demuestra la persistencia de tradiciones heterodoxas ya desde tiempos 
muy antiguos. La primera es el gnosticismo, difundido en España a través del 
maniqueo Marco el Egipcio (hacia el 330) y de su discípulo Prisciliano. La 
segunda, tal vez la más importante doctrina herética en este país, es el 
adopcionismo de Feliu d’Urgell, con amplio respaldo en el área pirenaica. El 
adopcionismo fue importante para perfilar la noción cátara de la figura de 
Cristo: en pocas palabras, el Redentor no tuvo un verdadero cuerpo material, 
como los demás hombres, sino que sería un Ángel adoptado por Dios para 
ejercer la función de Salvador. La Encarnación sería una apariencia engañosa: 
«Incarnationem non vere sed fantastice profitentur». 
 La tradición cátara continuó viva en la literatura y en el esoterismo 
cristiano. Jean Renart, en su Roman de la Rose, dice así: “Amor debe ser tan 
discreto / Allí en donde se encuentre / De manera que no tenga dolor ni gozo / 
Salvo el que lo viva”. Amor es la Iglesia de los Perfectos, porque es la 
contraiglesia de Roma (Amor es el palíndromo de Roma). Amor es la Jerusalén 
Celeste, en contraposición a la Babilonia del Apocalipsis de San Juan.  
Ramon Llull, en su Llibre d’amic e amat (Libro de amigo y amado), 
aclara que la doctrina del Amor está velada por el secreto, al que sólo los 
adeptos pueden acceder: “Car ab secret té l’amic secret los secrets de son 
Amat (Dios), e ab secret los revela, e ab revelació los té secrets”, o bien 
“Turmenten-me los secrets de mon amat, con les mies obres los revelen, e cor 
la mia boca los té secrets e no els descobre a les gents” 

Y es por ello que, ya en la clandestinidad, deben mantener el Secreto, 
como única manera de salvaguardar su tesoro, hasta el tiempo en que, como

dice la Profecía: “Al cabo de setecientos años (después de la muerte de 
Bélibaste, el último cátaro) reverdezca el laurel”. Ello sucederá el año 2021.  

El secreto de los cátaros 


Cuando, ahogado en sangre, el fenómeno cátaro llegó a su fin en Occitania, multitud de adeptos y perfectos se trasladaron a dos territorios alejados entre sí: por un lado, a la Corona de Aragón, y por otro, a las comunas itálicas. Allí se llevaron su maestría en las artes manufactureras 
(especialmente en la industria textil), y posiblemente también los últimos brotes de su fe.  Languedoc alude a la lengua de la oca (langue d’Oc); es decir, al país 
donde se habla el argot, el lenguaje secreto de los iniciados.

Ello, por supuesto, no es más que una exageración: el occitano es lo que es; es decir, 
una lengua románica emparentada con el catalán. Pero hay más. La lengua de 
la oca acabó por influir al mundo occidental, no sólo a través del trobar clus de 
los trovadores, sino también de los «cuentos de la madre oca», narraciones en 
las que el esoterismo se mezcla con el decorado maravilloso, mágico y 
legendario del Paraíso Perdido. Esta tradicion hermética tuvo continuidad en el 
llamado juego de la oca y en las Aucas (o aleluyas) del entorno catalán 
(historias edificantes dibujadas en cerámica o en papel, precursoras del 
moderno cómic). 
Así pues, si Occitania es el «país de las ocas», Catalonia es el «país de 
los gatos» (del latín cattus). Tan sencillo como eso. Los gatos dieron nombre 
no sólo a los catalanes, sino también a los cátaros. Según la tesis oficial, 
«cátaro» deriva de katharós (limpio, puro). Pero existe otra posibilidad: que 
«cátaro» haga referencia a los «adoradores de los gatos» 
 No olvidemos que  estos animales han sido considerados seres divinos por diversas culturas. 
Según el Wordsworth Dictionary of Phrase and Fable, en el Antiguo Egipto era 
reo de muerte quien matara a un gato, aunque fuera por accidente. Ello es así 
porque representaba la forma animal de Bastet, la «diosa felina», 
personificación de la Diosa Madre, de la Luna, y de la consorte de Osiris, la 
inmortal Isis. 
Los cátaros conocían muy bien estas minucias etimológicas. El nombre 
del «último cátaro» reconocido por la Historia, Belibaste (muerto en la hoguera 
en 1321), se compone de dos partículas (Bel y Bastet) que significan, 
literalmente, «Señor» y «Diosa gato», o dicho en términos más claros, Sol y 
Luna, o bien Osiris e Isis.  

Los cátaros se tomaban muy en serio el simbolismo: en ello les iba la 
vida. Tanto es así que les debemos la costumbre, hoy tan habitual, de darnos 
la mano en el momento de presentarnos (o saludarnos). Fue suya la idea de 
usar el palíndromo de Roma (Amor) para denominar a su Iglesia. Éste sería 
uno de los nombres en clave de su trobar clus (lenguaje secreto). El Amor 
representa a la Dama, denominación de la Diosa-Gato, o Diosa Madre 
(Isis, Bastet, María o Magdalena)

Los cátaros no dejaban nada al azar; incluso sus nombres tienen un 
significado que les identifica entre sí. Por ejemplo, Gérard de Sède alude a la 
costumbre, dentro de la casa de Foix, de ponerse nombres «solares»: entre 
otros, Rai-mundo (Rey del Mundo, o bien Rayo del Mundo), Atón, Febo, o bien 
Esclar-Monda (Luz del Mundo). En Cataluña, esta costumbre dio origen a la 
leyenda de Soler de Vilardell, el héroe solar (de ahí Soler) de espada milagrosa 
que, como Hércules, el Arcángel Miguel o san Jorge, mató al Dragón de Sant 
Celoni. 
Donde hay gatos —especialmente si son negros— hay brujas, y donde 
hay brujas hay o ha habido cátaros... Para mi descargo, diré que esta idea no 
es mía. Fue otra persona, mucho más docta que yo en materia de catarismo, la 
que lo sugirió. René Nelli no niega la posibilidad de que la brujería medieval 
haya podido derivar indirectamente de un dualismo mal interpretado o mal 
comprendido. De hecho, esta idea nos ha pasado por la cabeza, sobre todo 
cuando hemos comprobado una coincidencia en los lugares donde tenemos 
noticias de cátaros: aquí, además de haber templarios (sobre todo en la 
Cataluña Nueva), también tenemos noticias de brujas. Con eso no quiero decir 
que el catarismo «fabricara brujas», pero sí que habría podido influir de alguna 
manera, de forma inconsciente, en la aparición de éstas. 
La leyenda es de todos conocida: cuando llega la noche, las brujas se 
convierten en gatos negros, y con sus ojos centelleantes «encantan» y 
«atrapan» a sus víctimas. Esto no es como para tomárselo a broma. Miles de 
hechiceras —o supuestas brujas—, que en su mayor parte eran personas 
inocentes que ejercían una noble labor como comadronas y curanderas, fueron 
quemadas como algo peor que «herejes»: como «servidoras del diablo», 
enemigas de los buenos cristianos (los mismos que aplicaban sobre ellas la 
violencia y la intolerancia). 
Hay mucho que decir sobre la figura de la «bruja» como heredera de un 
antiguo saber; como residuo de una época —matriarcal— en la que la mujer 
tenía un rol social muchísimo más relevante. En todo caso, la brujería es, como 
el dualismo gnóstico, una reminiscencia del druidismo íbero que 
posteriormente desembocó en el catarismo pirenaico y occitano.  
El término bruja deriva de una raíz (BRSH), de origen oriental, que alude 
tanto a una droga (Datura Stramonium) como a una escoba (Mibrsha, en 
siriaco). Esta identidad no es casual, porque el estramonio, al igual que la 
«escoba mágica» de las brujas, permite elevarse en el subconsciente; o como 
dicen los jóvenes de hoy en día, «alucinar». El BRSH, o estramonio, era 
llamado «hierba del diablo», «hierba de los brujos», o «hierba de los magos», 
siendo empleado para hacer olvidar al consumidor el recuerdo de ciertos 
hechos, o para ofrecerle «ilusiones consoladoras» (como por ejemplo «volar»). 
De ahí la palabra inglesa brush (escoba) y la palabra catalana brossa (cepillo 
con cerdas fuertes, empleado para limpiar los caballos; o bien el conjunto de 
los desperdicios que se lleva la escoba). 
Las brujas, tal como las conocemos hoy en día, son un producto 
medieval. En Cataluña-Aragón se las menciona por vez primera con este 
nombre (bruixot o bruixa) en un documento del siglo XIII, y posteriormente en 
las Ordinaciones y Paramentos de Barbastro. La primera noticia de la 
detención de una bruja tiene lugar en Castellbò (1313); es decir, en el 
epicentro del catarismo catalán. En definitiva, la brujería, como el culto al gato, 
es heredera del catarismo.A la presencia de cátaros y templarios en las zonas de influencia brujeril  hemos de añadir la existencia de cagoterías, es decir, de comunidades étnicas, 
supuestamente descendientes de los cátaros o de los masones operativos, 
que han recibido el nombre de cagots (en Francia) o de agotes (en España). 
Estos grupos humanos, como explico en mi obra El conocimiento secreto, 
serían transmisores de la Tradición Primordial a lo largo de los siglos, tras la 
supuesta extinción de los últimos círculos de «iniciados». 
El movimiento sanjuanista (o cátaro) dio lugar —siglos después— a la 
Fraternidad Rosacruz, primero, y a la masonería, después. En cierto modo, el 
catarismo no murió, sino que se transformó y se intelectualizó. Existe un 
neocatarismo ideológico que ha sido asumido e interiorizado por las elites; no 
sólo seglares, sino también religiosas.  
La Tradición asegura que la Fraternidad Rosacruz deriva del movimiento 
albigense, y que a través de los trovadores, y de los Fedeli d’Amore (círculo en 
el que participaba Dante Alighieri), el legado cátaro se perpetúa hasta 
cristalizar en la figura legendaria de Christian Rosenkreutz. Jean Rivière 
 nos aporta una curiosa información, según la cual un tal Fr. Wittermans, a partir de 
lo dicho por M. H. Roegsen von Floss, de La Haya, revela lo siguiente:  

“Según una tradición que existe en la familia Von Roesgen 
Germelshausen, sus miembros se habrían contado entre los iniciados a los misterios germánicos; el asesinato en 1208 del legado pontificio, Pierre de Castelnau, proporcionó al papa Inocencio III el pretexto para confiar a los 
dominicos el cuidado de exterminar la Orden de los Albigenses. El castillo de Germelshausen fue sitiado, saqueado e incendiado. Toda la familia fue exterminada de la manera más bárbara. El más joven de la familia, Christian, se salvó y huyó, dirigiéndose siempre hacia el este. yudado por correligionarios, llegó finalmente a Turquía y Arabia, donde lo juzgaron digno 
de desvelarle los secretos de la Orden de los Rosacruces, que florecía desde hacía tiempo en esos países. De vuelta a Europa, Christian renunció a su 
nombre de familia y tomó el de Christian Rosenkreutz”. 

Ésta es una de las leyendas que circulan en torno a dicha figura mítica. 
Verdadera o no, nos presenta a un personaje (Christian Rosenkreutz) que se 
inicia en el saber de Oriente, para retornar a Europa con la misión de «reformar 
el mundo» y de advertirnos del Milenio, el cual tendría como prólogo la 
revelación de los grandes secretos de la Tradición Primordial, y como resultado 
el retorno a una Edad de la Inocencia adámica (y saturnina). Las pretensiones 
de Christian Rosenkreutz serían rechazadas en España, un importante enclave 
de la Tradición. Sus Axiomata, que pretendían corregir los errores de la Iglesia 
y de la Filosofía Moral, fueron allí objeto de escarnio. Tras retornar a su patria 
(Alemania), optó por reservar dichos conocimientos a los «sabios y 
entendidos», y antes de morir, con la ayuda de tres fieles colaboradores, 
redactó un fabuloso Libro M (¿de las Maravillas?), el cual —según parece— 
estuvo en manos del mismísimo Paracelso, uno de los maestros de la alquimia 
en el siglo XVI.

Buena parte de las corrientes iniciáticas actuales (entre ellas, las 
caracterizadas por la filosofía New Age), así como de las sociedades secretas 
o discretas de carácter esotérico (por ejemplo, ciertos Ritos masónicos), beben 
de la fuente del gnosticismo, de una u otra manera. Lo más preocupante del 
caso es que, como hemos tratado de dejar bien claro, este tipo de creencias se 
fundamentan en la “negación del mundo sensible”, así como en el repudio de 
los usos y las costumbres del pueblo llano, proclive al hedonismo y al materialismo.  

Las elites, neognósticas y maniqueas, herederas del catarismo y del 
templarismo, a duras penas extirpados por la Iglesia oficial, son fieles a la 
doctrina del Paráclito (el Espíritu Santo), del Sóter (Salvador), y de la Parusía 
(Juicio Final). Su pensamiento, de carácter profético y apocalíptico, ávido de 
revelaciones y de mesianismos, es inquietantemente perturbador en los 
tiempos que corren. Protagonistas de una Nueva Era en la que ellos son los 
elegidos, como insistentemente proclaman en las superproducciones 
cinematográficas al estilo New Age, son los heraldos del Fin de los Tiempos, 
que tan inocentemente anticipó Paco Rabanne, y más modernamente, el 
inefable Dan Brown (El Código Da Vinci). 

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